Durante la última década, la última milla latinoamericana pasó de ser considerada principalmente como la etapa final del transporte de mercancías a convertirse en un componente estratégico de la experiencia de compra y de la competitividad logística. El crecimiento del comercio electrónico modificó las expectativas de los consumidores, que comenzaron a demandar entregas más rápidas, trazables y flexibles.
El Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ya identificaba en 2019 la última milla como uno de los principales obstáculos logísticos para la expansión del e-commerce en América Latina y el Caribe, impulsando programas específicos para analizar sus costos y cuellos de botella.
Uno de los cambios más importantes fue el salto desde un modelo de distribución relativamente lineal hacia redes mucho más descentralizadas. Los grandes centros de distribución comenzaron a complementarse con bodegas urbanas, centros de consolidación, puntos de retiro y soluciones de microdistribución.
El Banco Mundial ha señalado que el crecimiento del comercio electrónico está obligando a replantear los tres elementos tradicionales de la última milla —centro de distribución, vehículo y punto de entrega—, mientras que el BID destaca la necesidad de desarrollar nuevas soluciones para enfrentar la congestión y los costos de las entregas urbanas.
La pandemia de COVID-19 aceleró este proceso. El fuerte aumento de las compras online y de los servicios bajo demanda elevó la presión sobre las redes de distribución y transformó la entrega domiciliaria en un factor cada vez más relevante para el comercio. Según el BID, la pandemia aceleró la economía bajo demanda, con consumidores realizando pedidos más pequeños y esperando entregas inmediatas o al día siguiente. Esta dinámica también incrementó la cantidad de vehículos asociados al reparto urbano y puso sobre la mesa nuevos desafíos relacionados con congestión, emisiones y uso del espacio público.
Paralelamente, la última milla experimentó una profunda transformación tecnológica. La incorporación de plataformas digitales, sistemas de gestión de entregas, geolocalización, inteligencia artificial, Internet de las Cosas, analítica de datos y herramientas de optimización de rutas permitió mejorar la visibilidad de los despachos y reducir ineficiencias. IDB Invest advertía en 2020 que el transporte de carga por carretera representaba alrededor del 75% del movimiento de mercancías en América Latina y el Caribe y que la digitalización de la última milla estaba generando nuevos modelos de negocio basados en dispositivos móviles, computación en la nube, big data, IoT e inteligencia artificial.
Otro cambio ha sido la profesionalización de las expectativas del consumidor. Ya no basta con que un pedido llegue a destino: la trazabilidad, la posibilidad de seleccionar horarios o puntos de entrega, la rapidez y la gestión de devoluciones se han convertido en elementos relevantes del servicio. El BID señala que el comercio electrónico en América Latina y el Caribe superó los US$117.000 millones en ventas en 2023 y proyectaba que el mercado prácticamente se duplicaría hacia 2028. Al mismo tiempo, una encuesta del organismo mostró que 60% de las empresas que venden bienes en el Cono Sur considera que los elevados costos logísticos domésticos han limitado su crecimiento.
Hacia 2026, por tanto, la última milla latinoamericana enfrenta una nueva etapa: combinar velocidad, eficiencia, tecnología y sostenibilidad. La discusión ya no se concentra exclusivamente en cómo entregar más rápido, sino también en cómo hacerlo con menos kilómetros recorridos, menor congestión y menores emisiones, incorporando vehículos eléctricos, puntos de retiro, microhubs y modelos de logística urbana compartida.
El BID identifica precisamente la transformación digital, la logística urbana y la descarbonización entre los nuevos desafíos estratégicos de la logística regional. Además, un proyecto del BID aprobado en 2025 para Centroamérica busca fortalecer soluciones de última milla para mipymes mediante canales digitales y promover infraestructura de bajas emisiones, una señal de que la evolución del sector continúa hacia modelos más tecnológicos y sostenibles.


